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La Coctelera

Categoría: Personas vomitivas

Entre vómito y vómito (busco trabajo)

Qué asco me da buscar trabajo. Cada vez más. Cada vez que leo una oferta de curro, el estómago se me llena de vómitos que buscan una vía de escape rápida. Por eso, normalmente, leo este tipo de ofertas con un enorme cubo a mi derecha, en el suelo.
Es maravilloso ver cómo las empresas solicitan personal con cinco años de experiencia para ofrecerles un contrato de becario, por ejemplo. Por no hablar de los que buscan "estudiante universitario o recién licenciado". Qué asquerosos hipócritas. ¿Por qué no son sinceros de una vez y publican "buscamos un pardillo desesperado por encontrar trabajo para explotarle como nos salga de las pelotas"? Así al menos nadie se ilusionaría (porque supongo que aún quedan ilusos convencidos de que se siguen regaladon duros a cuatro pesetas).
Otra cosa que me repatea el hígado es el hecho de que, cuando envías un currículo como respuesta a una oferta de trabajo, ni Cristo se digne en decirte, aunque sea por e-mail, "gracias, lo hemos recibido". No, a la gente se la sudas ampliamente. A la hora de pedir, piden la luna y, a la hora de dar, siempre lo mínimo.
Nos tratan como a mierda cuando aún no trabajamos para ellos a través de anuncios insultantes, nos siguen tratando como a mierda cuando nos ponen en bandeja de plata sus patéticas condiciones de trabajo y nos tratan como a auténtica basura cuando finalmente somos seleccionados para trabajar en su magnífica empresa "de gran potencial internacional, con un agradable ambiente propiciado por los jóvenes profesionales que forman parte de nuestro equipo" (o sea, cuatro becarios y dos recién licenciados que darían lo que fuera por encontrar un curro nuevo). Asco. Verdadero asco. Puag... Puñeteros mentirosos... No merecéis nada.
¿Cómo pueden llegar a ser tan irrespetuosos con una persona que busca trabajo? ¿Cómo pueden permitirse preguntas del tipo "sales por las noches o te quedas en casa" o "ya sé que no tienes hijos pero... dime si los querrías tener en un futuro"? Y una falta de respeto aún mayor: el hecho de que, en la mayoría de los casos, ni siquiera se han leído tu curriculum. Vamos, es que ni lo han mirado; de hecho, lo ven por primera vez en el momento de la entrevista. Esto queda absolutamente claro cuando te hacen preguntas como "lo que más has hecho es fotografía, ¿no?" -es un caso hipotético-, y tú te ves obligado a responder "no, eso sólo lo he hecho durante este último mes pero, como puede ver, mi experiencia está ordenada de lo más actual a lo más nuevo. Yo en realidad soy guionista y tengo experiencia de diez años en este ámbito, como se puede leer en el siguiente párrafo".
Y lo de los portales de Internet para buscar empleo ya sí que suponen la cagada universal. Leía por ahí, en otro blog al que no voy a hacer publicidad -porque para eso soy mala como los mismísimos demonios- que si no eres puta, si no quieres enseñar las tetas a todo dios o si no estás dispuesto a ser un asqueroso comercial de inmobiliaria capaz de vender a tu abuela por conseguir una comisión, lo llevas claro. Y es verdad, joder. Es cierto. ¿Qué pasa con las demás profesiones? ¿Qué cojones pasa, por favor? No puedo comprenderlo. No entiendo hasta dónde se encamina este asqueroso mundo de bazofia y sinrazón; este inmenso cubo de excrementos que llamamos Tierra. El sistema apesta. Nos lo meten por las narices, nos hacen vivir en él y, cuando estamos dentro, la cosa ni siquiera funciona.
He trabajado sin contrato laboral, he asistido a procesos de selección realizados a través de las distintas cartas astrales de los candidatos (por supuesto, los mandé a paseo), he trabajado dentro de mi profesión (maldita la hora en la que se me ocurrió elegirla) y también he desempeñado trabajos no cualificados (al menos mi mente podía estar libre, aunque mi cuerpo estuviera a punto de desmembrarse). Ahora soy "freelance". Qué bonito y qué bien suena. Y qué bien, además, me como los mocos.
Qué asco, de verdad. Es todo lo que puedo decir. Soy una mala pécora, pero una mala pécora de malísima hostia hoy. Dudo mucho que nada me haga cambiar mi humor y, mucho menos aún, mi visión del mundo laboral.
Me cago en el trabajo. Me cago en el puto dinero.
Y además paso de poner foto. No sé qué cojones pasa ahora con La Coctelera pero no puedo subir imágenes. No sé si es por el inutil del Mac o por algún otro tipo de inutilidad.
Que os jodan a todos un poquito (siempre y cuando lo merezcáis, algo que, en la mayoría de los casos, así será).
Odio el mundo.

Los odio y deseo su muerte

Odio y a mis vecinos de arriba y creo que deseo su muerte. Son un matrimonio joven y guay y sus dos hijos. El mayor debe de tener unos 8 años y lleva cerca de una hora corriendo de un lado a otro con unas botas que, al parecer, tienen las suelas de plomo macizo. Todo retumba ya dentro de mi cabeza, incluso el suave sonido del teclado mientras escribo estas letras desesperadas. Habla a gritos, como su madre, que parece recién sacada de un mercado de fruta de los arrabales más tópicos y perdidos.
También habla dando voces su padre, al que yo llamo, directamente, El Guay, un tipo de unos 35 años, con el pelo lacio y rubio oscuro, que sólo se deja oír cuando tiene que protestar. Sus berridos se transforman en palabras cuando dice cosas como "estoy en mi casa y duermo cuando me da la gana". Todo un deleite para cualquier tímpano humano.

La madre es igualmente detestable, aunque la odio un poco más, seguramente debido a que sus intervenciones son mayores. No para de vomitar gritos inconmensurables por su boca de "cateta que se preñó a los 15" y parece que el único volumen que conocen sus cuerdas vocales es aquel que roza el límite del graznido.

Pero para graznidos prácticamente inhumanos, el hijo pequeño. Creo que sería más feliz si fuera atropellado por un autobús urbano (me refiero a él, él sería más feliz porque su sufrimiento sería menor, aunque quizá el mío también, claro...). Se pasa el día entero llorando. Pero no es un llanto de penita, de "pobrecito mi bebé de dos años", no: son gritos de posesión, berridos desgarrados, gritos de fiera, de hiena a la que intentan arrancar la cabeza con un gancho oxidado. Nunca ríe. Sóloe mite ese horrible "ueeeaaagrrrrrh..." que me está voliendo loca por momentos.

Encima ahora tienen un puto karaoke. Por si fuera poco el jaleo que ellos mismos, en su vida cotidiana, son capaces de reproducir, los jodidos Reyes Magos de mierda les han traído ese genial invento. A su detestable gusto por la música hortera se suman ahora sus propios voces (en ocasiones, con los berridos del bebé como precioso fondo), que pueden emitir decibelios inagotables durante horas y horas.

No hay nada de exageración en este texto, en esta confesión, en esta súplica. Quiero que desaparezcan para siempre de mi vida, que se lleves sus cosas guays a otro piso más guay donde sus gritos sean aún más altos y se escuchen durante más tiempo. O eso, o que fallezcan todos. Que no quede ni uno: mejor si nadie sufre.

Los catalanes sois «el colectivo autonómico más desagradable que hay en este país», me han dicho hoy

He entrado en el foro de un pueblo que, sinceramente, no me gusta nada (viví allí un tiempo y me trae unos recuerdos asquerosos) y me he muerto de miedo con las respuestas. Esto es lo que me han dicho (entre otras cosas):

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Cuando atacan a mi pueblo/ciudad (para mi es ciudad, pequeña, pero ciudad, pero acepto la otra palabra si no es d forma despectiva como creo q tu haces) d forma absurda y sin dar motivos, me encrespo, y t voy a contestar. X partes:
1.- Nosotros seremos leistas, pero estoy orgulloso d vivir en un lugar en el q se habla el mejor castellano del Mundo, Castilla (x algo vivimos a 40 km. d uno d los 2 monasterios donde se establece el idioma, Silos). Sin acentos (como vosotros) y sin segundos ¿Idiomas? con los q pretendeis identificaros y q no son mas q una vulgar copia del nuestro, q os hace creeros diferentes al resto d españoles (y si, he dicho RESTO D ESPAÑOLES, y no españoles). X cierto, se dice "quisiste" (un error q cometio ese forero, pero este error fortuito no es generalizable al conjunto d Aranda), pero igualmente tu demuestras no tener ni puta idea d numeros romanos (q numero es el "IXX"?)

2.- Eres un poco corta d mente si crees q no nos vamos a defender d las payasadas q comentas. Desde luego q d tu intervencion no se salva una sola palabra q no signifique una descalificacion contra nuestra tierra, y aqui tb defendemos a muerte lo nuestro, eso no es propiedad unica d los catalanes.

3.- Con actitudes como la tuya se fomenta el tan utilizado x vosotros "odio al catalan", y x el q tanto llorais x alli. Mira, yo soy del Barca, y aunq no he estado nunca, tengo ganas d conocer Barcelona xq como entusiasta d Gaudi, se q me va a encantar. Pero con personas como tu, tan desagradables, prepotentes, y asquerosas , se me quitan las ganas d pisar x alli. Sois el colectivo autonomico mas desagradable q hay en este pais, o al menos esa es la idea q nos esta formando gente como tu, gracias a la nula solidaridad q mostrais hacia el resto d autonomias, y a gestos tan poco amables como contestar a una pregunta realizada en castellano con una respuesta en catalan (gesto q yo he sufrido x alli, y es lamentable).

Al fin y al cabo, un lugar es admirado tanto x lo q es, como x las gentes q conviven en el, y en eso Aranda, esa q tan poco t gusta, gana x goleada a Cataluña. Y d ello estoy orgulloso.

Cuidate mucho, y no vuelvas nunca, si es q vas a hacerlo con el mismo tono en el q lo has hecho ahora.

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Yo vivo en Cataluña actualmente, aunque NO soy de aquí (he nacido en otra comunidad autónoma). Por razones laborales, cambio de residencia muy habitualmente, pero supongo que estas lindezas no son agradables para nadie... especialmente por la nefasta ortografía que presenta el mensaje, supuestamente escrito desde la cuna del castellano.

¿Que te gusta tu pueblo sólo porque has nacido en él? ¿Y si hubieras nacido en un vertedero?

No entiendo por qué para la mayoría de la gente su pueblo es lo mejor que existe en el Universo. Vivan o no en una mierda de sitio, ellos argumentan que es su pueblo y que, como es donde han nacido, se trata de un sitio maravilloso. Es decir, si estas mismas personas hubieran nacido en un vertedero, en una sala de torturas medieval o en un cubo de cagadas de caballo, para ellos ese sería el mejor lugar jamás creado. ¿Por qué? Pues por eso, porque es donde ellos han nacido, es su sitio, es el mejor, el insustituible, el Paraíso, la panacea...
Este tipo de gente tampoco admite que a otro no le guste el lugar donde ellos han nacido. «Pues si no te gusta vete a tu pueblo, que el tuyo sí que es una mierda», dicen, y es entonces cuando aplican tópicos como «qué sabrás tú, catalán de mierda, si sólo sabes decir que ‘la pela es la pela’»; «vete a tomar por culo, vasco de mierda, que todos sois una panda de etarras y asesinos» o «puto facha de Valladolid, vete a tu ciudad y no salgas, que es donde tienes que estar». Desde luego, con esta peña, cuando a una no le gusta un lugar de España en concreto, ya no es que sólo no le guste, sino que le empieza a dar miedo poner un piececito por allí.
Yo debo de ser muy burra, pero el argumento de «me gusta este sitio porque he nacido aquí» me parece incomprensible. Yo odio mi pueblo. Es patético y pretencioso. Parece recién sacado de la serie «Cuéntame». No hay ninguna opción cultural ni de ocio. Lo único bueno que tiene es la montaña, eso sí, que está a un paso. Pero lo demás es un verdadero cagado. Yo he nacido allí, ¿y? Ahora no vivo, por suerte, en dicho pueblo, y he vivido en muchos otros puntos de España. Unos molan y otros, sencillamente, son el coñazo padre. Y, en cuanto a la gente, pues hay de todo, lógicamente: peña genial y mamarrachos, pero esto ni siquiera creo que haya que decirlo...
La mayor parte de la gente no me entiende cuando digo que mi pueblo es una mierda. Siempre dicen «¿cómo puedes decir eso, si tú has nacido allí?». Pues, sinceramente, si hubiera nacido en una piscina llena d excrementos de elefante, creo que diría lo mismo. Dudo que aprendiera a disfrutar del olor de las heces.

(La foto la he pillado de www.djpay.net, pero está en mil sitios)

Cómo romper la boca de alguien que se lo merece sin mover un dedo

Yo no quería ser una mala pécora, pero la sociedad se empeño en convertirme en una diablesa. Mi inocencia pronto se topó con seres inhumanos capaces de infundirme miedo. Pero el ser vivo se adapta al medio para sobrevivir y, desde luego, yo no iba a ser menos.
Recuerdo perfectamente una de las primeras lecciones a las que asistí para aprender a convertirme en la malísima pécora que ahora soy (aunque sigo aprendiendo, por descontado). Sucedió cuando tenía unos doce años. Me apasionaba jugar al baloncesto y consideré una idea brillante apuntar al equipo femenino del colegio. Por alguna razón, fueron pocas las niñas que vieron como una buena idea lo que para mí era la bomba, de manera que el equipo estaba formado por mí y un par de chicas más. Eso hizo necesario traer a niñas de otro colegio, en concreto, uno privado, que pronto vieron la oportunidad de jugar en nuestro flamante e inmenso pabellón polideportivo y dejar a un lado su casulario regentado por anodinas monjas.
Recuerdo a la perfección el primer día. Vi a todas aquellas niñas desconocidas, súper amigas entre ellas y mega guays esperando a los entrenadores (desonocidos para todas en aquel momento). Pero algo me llamó la atención. Entre todas las niñas había un niño. ¿Un niño? ¿Por qué? No entendía nada. Venían de un colegio femenino, un centro cristiano de monjas, así que... ¿qué hacía aquel chaval entre ellas? Curiosamente, mantenían bastante contacto físico con él. Le tocaban sin miramientos y ellas se dejaban tocar por él. A él parecía encantarle llamar la atención, ser el centro de las risas y los chistes y elevar la voz por encima de las de las demás. Tenía una media melena corta muy cuidada, lisa, castaña, y llevaba un plumas rojo.
Observé durante el tiempo a aquel chico extraño. Era irreverente con las chicas a las que no conocía y, sencillamente, se creía Dios. Empecé a odiarle. Le seguí observando. Detestaba sus formas de llamar la atención, de reír sus propias gracias y de sentirse el gallito del corral. Me empezó a dar asco. Profundo asco. De pronto, algo rompió mis esquemas. Alguien se dirigió a él y le llamó Natalia.
¿Natalia? Pero... ¿cómo que Natalia? Aquel chaval era una tía. Pero no por eso iba a dejar de odiarla. De hecho, no tarde en bautizarla en mi interior como «Natalia, la Tío».
Pues bien, los entrenadores (dos niñatos tres años mayores que yo, delgaduchos como fideos y más imbéciles de lo jamás habría imaginado mi mente infantil) llegaron por fin y comenzó la primera «clase». No hubo nada especial, salvo el aumento continuado de mi repulsión hacia «la Tío». A ese entrenamiento siguieron muchos más, y pronto comenzamos a jugar partidos contra otros colegios. Partidos en los que yo, por descontado, nunca jugué. Estaba gorda. No tanto como Alexia, que debía de pesar unos 100 kilos, pero Alexia destacaba y gritaba muy alto y yo no. Alexia era popular y mi nombre era una incógnita para aquellos pseudo-entrenadores adolescentes con una sola neurona para compartir.
Pero no me importaba. Yo tenía mi propia canasta de baloncesto en el jardín de casa, mis amigos de verdad con los que divertirme y, algo muy importante, mi casi recién estrenado balón de baloncesto de los Ángeles Lakers. Era precioso: morado y amarillo, con el escudo del equipo en color naranja. Ahorré muchos meses para comprarlo y a mis amigos y a mí nos volvía locos. Era el mejor.
Un día decidí llevar mi balón maravilloso a uno de aquellos partidos para, al menos, encestar sola mientras las demás jugaban en el otro campo. Cuando empezó el partido, me acerqué para verlas jugar y allí estaba Natalia «la Tío». Miró mi balón. Me miró a mí. Yo la miré y pronto imaginé que cogería mi preciada joya y la lanzaría fuera del colegio, hacia las huertas que rodeaban las canchas. Sentí miedo. Ella, «la Tío», dio un par de pasos rápidos hacia mí y estiró la mano para acercarla a mi balón, que yo sostenía entre mis dos manos, pegado a mi estómago. Entonces, con un movimiento rápido, dio una fuerte palmada a MI balón y me gritó con tono de desprecio:
-¡Eh, tú! ¿A ti qué te pasa?
Yo no hice nada. Ni me moví. Todo lo hizo el azar o, sencillamente, las fuerzas de la Naturaleza. El hecho es que el balón se escapó de mis manos, botó con fuerza en el suelo, entre mis pies y, al subir, se estampó directamente con la boca de Natalia «la Tío», que pronto comenzó a sangrar y que enseguida se vio rodeada de su camarilla de niñas-niñas (hay que recordar que ella era una niña-niño).
Recogí mi balón, que se había alejado botando, y vi cómo «la Tío» se dirigía a la fuente para lavar su herida. Abracé mi enorme balón de 3.000 pesetas y sonreí por dentro: la pécora estaba naciendo.

(La foto del balón con el emblema de los Ángeles Lakers procede de la página principal de Spalding, aunque mi balón no era exactamente así. La foto del niño con los dientes jodidos, es de www.clubelsemanal.com aunque, por desgracia, ningún diente se dañó aquel día. La foto de la canasta, de donde siempre).

Bajarse un virus y activarlo en el ordenador de tu jefe produce verdadero placer

Llevaba trabajando para aquel cerdo seis meses sin contrato. Supuestamente, en el mes quinto tendría que haber habido una conversación por medio de la que acordaríamos uno u otro tipo de contrato. El hecho es que aquel viejo ya empezaba a chochear demasiado y se creía Jesucristo recién resucitado, lo que sumó a la circunstancia de que aquel trabajo ya estaba empezando a parecerme absurdo. Además, el lugar, aquel pueblo asqueroso con un par de farolas y lleno de polígonos industriales, se asemejaba cada vez más al escenario de una pesadilla. De modo que, cuando terminé el trabajo de aquel mes, le dije al cerdo viejo que quería más pasta y menos horas. Me ofreció más pelas -menos de las que yo le pedí- y me prometió los sábados libres. Pero el muy porcino sólo me ofrecía un contrato de media jornada a cambio de que yo trabajase la jornada completa.

Aquello rompía mis planes, porque yo había pensado que me diría a todo que no. En realidad, me apetecía CERO quedarme en aquel antro, con aquel cerebro decrépito siempre vigilante, viviendo en aquel pueblucho al que espero no volver nunca y elaborando aquel «producto» basura. Por eso cuando él no me dio una negativa rotunda, rompió mis esquemas. «Tengo que pensarlo» -le dije. Y volví a mi ordenador.

Me senté en la silla y el tío empezó a revolotear por allí. Dijo que se largaba a no sé dónde y, justo entonces, sonó un mensaje en mi móvil. Por fin alguien se acordaba de mí... En ese momento, la momia vomitiva pronunció la frase definitiva:
-Vale, piénsatelo pero, si te quedas, el móvil tiene que desaparecer de aquí.
Mi respuesta fue tajante:
-Vale, entonces la decisión está tomada. Me voy.
-No te puedes ir.
-¿No? ¿Y dónde está el contrato donde lo pone?
-Tienes que avisarme al menos con quince días...
-Repito: ¿dónde está el contrato en el que pone eso?
-Yo sólo te digo que no te puedes ir.
-Y yo ya te he dicho que me voy.
-Ahora tengo que irme. Luego hablamos.

El tío salió por la puerta y yo me quedé allí, frente a la inmensa pantalla del potente ordenador. Comencé a hacer planes para cuando saliera de aquel infierno y, al mismo tiempo, recordé todo el trabajo que había ido guardando en aquel ordenador flamante y nuevo. Horas y horas de esfuezo guardadas en forma de archivos... Horas y horas que él iba a reutilizar una y otra vez de forma gratuita... No. No me daba la gana. Abrí el Google.
Busqué «virus Troyano» y pronto di con una página de «hackers» que contaba con un precioso listado de virus de este tipo (y muchos otros). Fui leyendo detenidamente las explicaciones de cada uno de ellos, hasta que dí con el que me pareció más letal. Tras borrar algunas de mis carpetas, decidí descargar el Troyano elegido. Después de unos segundos, el puto oso del Panda Software me dijo que nanai, que aquel archivo tenía un virus y que, por tanto, no podía ser descargado.

Pero aquello no iba a ser un problema para una mala pécora como yo. Aquel día sería una jornada histórica para mi maldad. Sin pensarlo, abrí la carpeta de archivos del antivirus y dejé que el azar decidiera qué archivos debía borrar. Con unos seis fue suficiente para que el oso de mierda no volviera a dar la voz de alarma. Después cambié el nombre del archivo y lo abrí para que el virus quedara activado. Pasé el resto de la mañana chateando con amigos y, cuando volvió el maldito puerco, le dije que sí, que me iba, y que me pagase. Protestó, se enfadó y pataleo. Pero se quedó más tirado que un gargajo, con sus especulaciones inmobiliarias y su asquerosa voz con la que, durante mañanas enteras, mantenía una y otra vez la misma conversación telefónica:

-¿Teótimo? ¿Teótimo? Ah... ¿no está? Vale, ya le llamo después.
(...)
-¿Isacio? ¿Isacio? Ah... ¿no está? Vale, ya le llamo más tarde.
(...)
-¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo?
(...)
-¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio?

Esos dos nombres se grabaron a fuego en mi memoria, como lo hicieron también sus estrategias para comprar pisos y apartamentos en cualquier lugar de España y, después, especular con sus adquisiciones. Espero que siga más decrépito y acabado que cuando yo tuve que convivir con él en aquel despacho de cuatro metros cuadrados. Espero que se haya introducido, de sopetón y sin anestesia, aquel inmenso monitor por el recto y, espero, también, que los hijos de sus hijos nunca lleguen a nacer para evitar que sus genes se esparzan entre el resto de los humanos.

Nota.- Hay dos cosas que quiero decir. En primer lugar, que los nombres propios «Teótimo» e «Isacio» NO son ficticios. Y, en segundo, que el trabajo que desempeñaba por aquel entonces y, de hecho, cualquiera de los que he desempeñado hasta el momento, no tienen relación alguna con el mercado inmobiliario. Simplemente, este tío habría sido capaz de vender a su madre por un millón más en el banco. Que se pudra.

(El logo de Panda lo he «chorizado» de Securecomm.nl y, la imagen del ordenador con una calavera, de Perunoticias.net).

Si has muerto, ¿a quién le importa?

De pequeña, detestaba que Carmen, la Montesa -así la llamaban en el pueblo- me pellizcara el moflete como si pertendiera realizar en él una incisión con sus uñas y, acto seguido, diera tres o cuatro golpecitos sobre mi cabeza con la palma de su mano totalmente plana. Eso aplastaba el mi pelo y mis derechos

La odiaba profundamente. Era una vieja alta y delgada, recién salida de una máquina del tiempo procedente del siglo XIX. Su hermana, otro vejestorio, era gorda y enana. Ambas derramaban prehistoria a cada paso. Eran rancias y olían a naftalina. Llevaban zapatos de esos que yo llamaba de pequeñ «con los dedos fuera», pero de los que sólo dejaban salir el dedo gordo. No tenían tacón, sino cuña, y por aquel pequeño agujero siempre asomaba una uña gruesa, amarillenta y llena de profundos surcos. Lo poco que se podía ver del pie también era amarillo.

Recuerdo que, cuando tenía unos 12 años, Carmen la Montesa me hizo sentir fatal al preguntarme «¿bonita, ¿ya has desarrollado?». Yo tuve que pensar durante unos instantes para entender qué coño intentaba decirme. Mi mente infantil hizo un esfuero inaudito para trasladarse un siglo atrás y darse cuenta de que «desarrollar» quería decir «tener la regla». Más que por la expresión en sí, pude comprender el mensaje por la actitud de la putrefacta vieja-palo. Recuerdo muy bien que aprovechó el momento en el que su hermana gorda hablaba con mi madre de alguna estupidez supina para hacerme la pregunta en secreto, con los ojos vidriosos de morbo y un extrañísimo tono que me hizo sentir especialmente mal. Es difícil de explicar. Yo sonreí estúpidamente y le dije: «No».

La que no se había «desarrollado» mentalmente, desde luego, era ella. Hace siglos que no la veo (para ella todo debe de medirse en siglos), pero es posible que se haya muerto. Perfecto. ¿A quien le importa?

(La imagen es un detalle del cuadro de Juan de Valdés Leal titulado «In ictus oculi» (1670/1672). Yo lo he pillado de http://www.museumonline.at, pero sus obras se pueden encontrar en muchísimas páginas de arte. El Hospital de la Caridad de Sevilla guarda muchos de sus lienzos... esperándome).

De dos en dos, para que no den la brasa...

Hay otra cosa que odio de la señora de la limpieza, Olga. Ya sé que he hablado en otra ocasión de ella, pero es que acaso, si me da la gana, ¿no puedo retomar el asunto? Pues ya está. Detesto que use la muletilla «de eso». Además, ella la transforma en «deso» y la utiliza siempre que no recuerda alguna palabra, algo que le sucede con bastante asiduidad. Por ejemplo.

-¿A dónde vas a ir a comer hoy, Olga?
-Voy a un... «deso».
-¿Restaurante?
-Sí, restaurante.

O bien:
-Hoy hace frío, ¿eh, Olga?
-Pues va a hacer más, porque lo ha dicho... «deso».
-¿La telelevisión?
-Sí, la televisión.

Pero lo peor es cuando sustituye los nombres propios de personas, es decir, de mis compañeros/as del curro, por la odiosa palabra inexistente «deso». Por ejemplo:

-Olga, casi no quedan bolsas de basura.
-Ya, ya me lo ha dicho... «deso».
-¿Elvira?
-Sí, Elvira.

Lo bueno es que ahora está de morros porque ya nadie se interesa por ella. Antes le dábamos palique continuamente, intentábamos buscarle un novio por internet, le decíamos «tranquila, Olga, pronto encontrarás a un hombre que te quiera porque eres fantástica» y le buscábamos cursos de jardinería para que conociera gente (a los que, por cierto, nunca fue). Pero ya estamos agotados de que sólo hable de ella. Hace dos semanas llegó con una cara de mala baba que echaba para atrás. Algiuen le preguntó «¿qué tal el fin de semana?», y ella dijo un «regular...» que quería decir «horrible». Era lunes y a nadie nos apetecía aguantar el mismo rollo, pero multipliado por diez, así que nadie le dijo ni mu. Eso le debió de sentar como el culo y, desde entonces, está insoportable.

Lo que no entiendo es cómo puede hablar tan mal. Joder, yo creo que sólo con leer un libro o cualquier artículo del Pronto se puede dar cuenta de que una gran parte de las palabras que ella dice las dice de forma incorrecta. He aquí algunos ejemplos:

-«Drento», o sea, «dentro».
-«Final de semana», es decir, «fin de semana».
-«Villudo» (velludo).
-«Sus vais» («os vais»).
-«Gabina de teléfono» («cabina de teléfono»).

Y hay más pero, como ya nos nos habla, no me acuerdo. Además, siempre que le ofreces algo de comer, lo pilla como si no hubiera comido en tres días y sea lo que sea («lo mismo le dan tronchos que berzas», que dice la cultura popular), pero siempre sin dar las gracias.
Hay una compañera de trabajo que defiende la teoría de que las señoras de la limpieza deberían ir siempre de dos en dos, como los guardias civiles, para no ir dando la brasa a todo hijo de vecino, vamos, que ellas se lo guisen y ellas se lo coman sin dar la «barrila». ¿Será verdad? Eso parece.