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La Coctelera

El día en el que descubrí que soy una mala pécora

Tras mi rostro de niña se esconde una bruja.
Si el primer paso es reconocerlo, supongo que el segundo es disfrutarlo

7 Octubre 2005

Gente a la que mataría por las mañanas

Cuando aún faltan quince minutos para que el cercanías salga de la estación, la gente corre despavorida en busca del primer vagón. Son odiosos. ¿Qué pretenden con eso? ¿De qué van? Qué patéticos. No sé qué placer pueden encontrar en el acto de depositar sus culos sobre asientos de tela vieja y llena de mierda durante un cuarto de hora. No lo entiendo. ¿Qué piensan, que van a quedarse sin sitio para sus preciados traseros? Pero, por dios, ¿de qué van? Cuando el tren empieza a emitir ese sonido odioso que hace explotar mis tímpanos aún siguen quedando plazas libres. Pero ellos parecen no ver nada.
Tampoco ven nada cuando las sufridas madres de bebés recién levantados (estamos hablando de las 7.30 de la mañana, hora del día que debería estar prohibida) entran en el vagón con el pedazo de armatoste llamado carrito. Entiendo que muchos no sepan leer. Es lógico. Pero, precisamente para ellos, los señores responsables de los trenes de esta provincia han colocado unos bonitos carteles con dibujitos de carritos de bebé, maletas, biciletas y monigotes con muletas. ¿Qué quiere decir exactamente todo esto? Es tan sencillo que explicarlo aquí sería insultar a mis lectores y, para ellos, guardo otro tipo de insultos que ahora no tienen pertinencia alguna.
Pues bien, toda esa gente sigue mirando al frente, con su culo bien pegado al asiento negruzco, mientas la sudamericana de turno, con ojeras como pozos sin fondo y un bebé recién arrancado de las mantas se pregunta dónde coño van a ir ella, su retoño y su carromato de colores. Su mirada les importa menos que una mierda de perro (de hecho, cuando sacan sus perros a pasear corren detrás de ellos con bolsitas de plástico negras para recoger las cagadas que van dejando). A todos les suda el nabo (y a todas, el capuchón del clítoris) la existencia de las pegatinas que hacen «especiales» determinados asientos.
Así que, como cada día, me trago las ganas de destrozarles el rostro con un tablón de madera de pino y me levanto. Las sudamericanas alucinan conmigo, pero saben que ellas y sus recién paridos sobreviven gracias a mi paciencia.

servido por Mala Pécora 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mo24590

mo24590 dijo

Yo arranacaría con una cuchara los ojos de una persona que tengo en mente.. pero sigue viva por mi maldita paciencia, ese perro tonto que me hace darle otra oportunidad..jajaja!

7 Octubre 2005 | 09:35 AM

Malasombra

Malasombra dijo

Este post habría dado mucho que hablar si se hubiera publicado el 11 de marzo de 2004.

7 Octubre 2005 | 09:59 AM

lola

lola dijo

yo preñada hubiera matado a los que leían el periódico del revés cuando me veían entrar con mi barrigón, y a los que miran por la ventana como obnubilados cuando entro al metro con mi niño de 17kgs al vuelo para no matarnos los dos. Al final es la viejita de turno la que se solidariza, manda narices....

7 Octubre 2005 | 01:03 PM

lola

lola dijo

bueno, y tu! ups, perdona, gracias!!!!
el pequño nicolás y lola

7 Octubre 2005 | 01:05 PM

Mala Pécora

Mala Pécora dijo

Es que hay gente vomitiva, reconozcámoslo.

7 Octubre 2005 | 01:12 PM

eleremita

eleremita dijo

lo reconozco.
a veces, aspiro a ser uno de ellos.
a veces, uno de ellos me hizo ver mi soberbia.
a veces, uno de ellos me hizo nacer.
a veces, como hoy, les devuelvo su 'ayuda'.

7 Octubre 2005 | 09:38 PM

Laguiru

Laguiru dijo

Malapécora, espero tu siguiente entrega con ansia, casi se podría decir con ansiedad....
Quiero ser tan mala como tú.

8 Octubre 2005 | 08:08 PM

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El día en el que descubrí que soy una mala pécora

Escombrera Humana, España
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Soy más mala que un dolor, que diría mi abuela. Mi crueldad no conoce límites. Mi lengua es despiadada y mi corazón, de hielo eterno. Cuando lo descubrí, tuve miedo. Ahora sólo sonrío.




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