Bajarse un virus y activarlo en el ordenador de tu jefe produce verdadero placer
Llevaba trabajando para aquel cerdo seis meses sin contrato. Supuestamente, en el mes quinto tendría que haber habido una conversación por medio de la que acordaríamos uno u otro tipo de contrato. El hecho es que aquel viejo ya empezaba a chochear demasiado y se creía Jesucristo recién resucitado, lo que sumó a la circunstancia de que aquel trabajo ya estaba empezando a parecerme absurdo. Además, el lugar, aquel pueblo asqueroso con un par de farolas y lleno de polígonos industriales, se asemejaba cada vez más al escenario de una pesadilla. De modo que, cuando terminé el trabajo de aquel mes, le dije al cerdo viejo que quería más pasta y menos horas. Me ofreció más pelas -menos de las que yo le pedí- y me prometió los sábados libres. Pero el muy porcino sólo me ofrecía un contrato de media jornada a cambio de que yo trabajase la jornada completa.
Aquello rompía mis planes, porque yo había pensado que me diría a todo que no. En realidad, me apetecía CERO quedarme en aquel antro, con aquel cerebro decrépito siempre vigilante, viviendo en aquel pueblucho al que espero no volver nunca y elaborando aquel «producto» basura. Por eso cuando él no me dio una negativa rotunda, rompió mis esquemas. «Tengo que pensarlo» -le dije. Y volví a mi ordenador.
Me senté en la silla y el tío empezó a revolotear por allí. Dijo que se largaba a no sé dónde y, justo entonces, sonó un mensaje en mi móvil. Por fin alguien se acordaba de mí... En ese momento, la momia vomitiva pronunció la frase definitiva:
-Vale, piénsatelo pero, si te quedas, el móvil tiene que desaparecer de aquí.
Mi respuesta fue tajante:
-Vale, entonces la decisión está tomada. Me voy.
-No te puedes ir.
-¿No? ¿Y dónde está el contrato donde lo pone?
-Tienes que avisarme al menos con quince días...
-Repito: ¿dónde está el contrato en el que pone eso?
-Yo sólo te digo que no te puedes ir.
-Y yo ya te he dicho que me voy.
-Ahora tengo que irme. Luego hablamos.
El tío salió por la puerta y yo me quedé allí, frente a la inmensa pantalla del potente ordenador. Comencé a hacer planes para cuando saliera de aquel infierno y, al mismo tiempo, recordé todo el trabajo que había ido guardando en aquel ordenador flamante y nuevo. Horas y horas de esfuezo guardadas en forma de archivos... Horas y horas que él iba a reutilizar una y otra vez de forma gratuita... No. No me daba la gana. Abrí el Google.
Busqué «virus Troyano» y pronto di con una página de «hackers» que contaba con un precioso listado de virus de este tipo (y muchos otros). Fui leyendo detenidamente las explicaciones de cada uno de ellos, hasta que dí con el que me pareció más letal. Tras borrar algunas de mis carpetas, decidí descargar el Troyano elegido. Después de unos segundos, el puto oso del Panda Software me dijo que nanai, que aquel archivo tenía un virus y que, por tanto, no podía ser descargado.
Pero aquello no iba a ser un problema para una mala pécora como yo. Aquel día sería una jornada histórica para mi maldad. Sin pensarlo, abrí la carpeta de archivos del antivirus y dejé que el azar decidiera qué archivos debía borrar. Con unos seis fue suficiente para que el oso de mierda no volviera a dar la voz de alarma. Después cambié el nombre del archivo y lo abrí para que el virus quedara activado. Pasé el resto de la mañana chateando con amigos y, cuando volvió el maldito puerco, le dije que sí, que me iba, y que me pagase. Protestó, se enfadó y pataleo. Pero se quedó más tirado que un gargajo, con sus especulaciones inmobiliarias y su asquerosa voz con la que, durante mañanas enteras, mantenía una y otra vez la misma conversación telefónica:
-¿Teótimo? ¿Teótimo? Ah... ¿no está? Vale, ya le llamo después.
(...)
-¿Isacio? ¿Isacio? Ah... ¿no está? Vale, ya le llamo más tarde.
(...)
-¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo? ¿Teótimo?
(...)
-¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio? ¿Isacio?
Esos dos nombres se grabaron a fuego en mi memoria, como lo hicieron también sus estrategias para comprar pisos y apartamentos en cualquier lugar de España y, después, especular con sus adquisiciones. Espero que siga más decrépito y acabado que cuando yo tuve que convivir con él en aquel despacho de cuatro metros cuadrados. Espero que se haya introducido, de sopetón y sin anestesia, aquel inmenso monitor por el recto y, espero, también, que los hijos de sus hijos nunca lleguen a nacer para evitar que sus genes se esparzan entre el resto de los humanos.
Nota.- Hay dos cosas que quiero decir. En primer lugar, que los nombres propios «Teótimo» e «Isacio» NO son ficticios. Y, en segundo, que el trabajo que desempeñaba por aquel entonces y, de hecho, cualquiera de los que he desempeñado hasta el momento, no tienen relación alguna con el mercado inmobiliario. Simplemente, este tío habría sido capaz de vender a su madre por un millón más en el banco. Que se pudra.
(El logo de Panda lo he «chorizado» de Securecomm.nl y, la imagen del ordenador con una calavera, de Perunoticias.net).

engelson dijo
Yo te felicito efusivamente por tu iniciativa y por el regalo en forma de software que dejaste a aquel h de p, que vaya a explotar a su p m.
Excelente, insisto. A ver si les va entrando en la pelota (aunque sea poco a poco) que donde las dan, las toman.
He dicho
17 Octubre 2005 | 04:13 PM