Yo no quería ser una mala pécora, pero la sociedad se empeño en convertirme en una diablesa. Mi inocencia pronto se topó con seres inhumanos capaces de infundirme miedo. Pero el ser vivo se adapta al medio para sobrevivir y, desde luego, yo no iba a ser menos.
Recuerdo perfectamente una de las primeras lecciones a las que asistí para aprender a convertirme en la malísima pécora que ahora soy (aunque sigo aprendiendo, por descontado). Sucedió cuando tenía unos doce años. Me apasionaba jugar al baloncesto y consideré una idea brillante apuntar al equipo femenino del colegio. Por alguna razón, fueron pocas las niñas que vieron como una buena idea lo que para mí era la bomba, de manera que el equipo estaba formado por mí y un par de chicas más. Eso hizo necesario traer a niñas de otro colegio, en concreto, uno privado, que pronto vieron la oportunidad de jugar en nuestro flamante e inmenso pabellón polideportivo y dejar a un lado su casulario regentado por anodinas monjas.
Recuerdo a la perfección el primer día. Vi a todas aquellas niñas desconocidas, súper amigas entre ellas y mega guays esperando a los entrenadores (desonocidos para todas en aquel momento). Pero algo me llamó la atención. Entre todas las niñas había un niño. ¿Un niño? ¿Por qué? No entendía nada. Venían de un colegio femenino, un centro cristiano de monjas, así que... ¿qué hacía aquel chaval entre ellas? Curiosamente, mantenían bastante contacto físico con él. Le tocaban sin miramientos y ellas se dejaban tocar por él. A él parecía encantarle llamar la atención, ser el centro de las risas y los chistes y elevar la voz por encima de las de las demás. Tenía una media melena corta muy cuidada, lisa, castaña, y llevaba un plumas rojo.
Observé durante el tiempo a aquel chico extraño. Era irreverente con las chicas a las que no conocía y, sencillamente, se creía Dios. Empecé a odiarle. Le seguí observando. Detestaba sus formas de llamar la atención, de reír sus propias gracias y de sentirse el gallito del corral. Me empezó a dar asco. Profundo asco. De pronto, algo rompió mis esquemas. Alguien se dirigió a él y le llamó Natalia.
¿Natalia? Pero... ¿cómo que Natalia? Aquel chaval era una tía. Pero no por eso iba a dejar de odiarla. De hecho, no tarde en bautizarla en mi interior como «Natalia, la Tío».
Pues bien, los entrenadores (dos niñatos tres años mayores que yo, delgaduchos como fideos y más imbéciles de lo jamás habría imaginado mi mente infantil) llegaron por fin y comenzó la primera «clase». No hubo nada especial, salvo el aumento continuado de mi repulsión hacia «la Tío». A ese entrenamiento siguieron muchos más, y pronto comenzamos a jugar partidos contra otros colegios. Partidos en los que yo, por descontado, nunca jugué. Estaba gorda. No tanto como Alexia, que debía de pesar unos 100 kilos, pero Alexia destacaba y gritaba muy alto y yo no. Alexia era popular y mi nombre era una incógnita para aquellos pseudo-entrenadores adolescentes con una sola neurona para compartir.
Pero no me importaba. Yo tenía mi propia canasta de baloncesto en el jardín de casa, mis amigos de verdad con los que divertirme y, algo muy importante, mi casi recién estrenado balón de baloncesto de los Ángeles Lakers. Era precioso: morado y amarillo, con el escudo del equipo en color naranja. Ahorré muchos meses para comprarlo y a mis amigos y a mí nos volvía locos. Era el mejor.
Un día decidí llevar mi balón maravilloso a uno de aquellos partidos para, al menos, encestar sola mientras las demás jugaban en el otro campo. Cuando empezó el partido, me acerqué para verlas jugar y allí estaba Natalia «la Tío». Miró mi balón. Me miró a mí. Yo la miré y pronto imaginé que cogería mi preciada joya y la lanzaría fuera del colegio, hacia las huertas que rodeaban las canchas. Sentí miedo. Ella, «la Tío», dio un par de pasos rápidos hacia mí y estiró la mano para acercarla a mi balón, que yo sostenía entre mis dos manos, pegado a mi estómago. Entonces, con un movimiento rápido, dio una fuerte palmada a MI balón y me gritó con tono de desprecio:
-¡Eh, tú! ¿A ti qué te pasa?
Yo no hice nada. Ni me moví. Todo lo hizo el azar o, sencillamente, las fuerzas de la Naturaleza. El hecho es que el balón se escapó de mis manos, botó con fuerza en el suelo, entre mis pies y, al subir, se estampó directamente con la boca de Natalia «la Tío», que pronto comenzó a sangrar y que enseguida se vio rodeada de su camarilla de niñas-niñas (hay que recordar que ella era una niña-niño).
Recogí mi balón, que se había alejado botando, y vi cómo «la Tío» se dirigía a la fuente para lavar su herida. Abracé mi enorme balón de 3.000 pesetas y sonreí por dentro: la pécora estaba naciendo.

(La foto del balón con el emblema de los Ángeles Lakers procede de la página principal de Spalding, aunque mi balón no era exactamente así. La foto del niño con los dientes jodidos, es de www.clubelsemanal.com aunque, por desgracia, ningún diente se dañó aquel día. La foto de la canasta, de donde siempre).